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Caminaba por la Ciudad de México, fascinado por la inmensidad de la ciudad, lo insignificante que puede ser un ser humano en esas calles y al ahondar en mi elucubración sobre las posibles consecuencias de cambiar el nombre del Estadio Azteca a Estadio Hern

Más adelante, de un pesero descendió una chica muy bella, pelirroja, joven e invidente. Era guiada por un hombre de edad avanzada y pensé en la pasión transformada en mujer, ciega y bella, apenas guiada por la sabiduría que da la edad.